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Nuestra ex-voluntaria Patricia de Blas Gasca, tras acabar su voluntariado visitó diversas zonas de Nepal. De esas visitas El País ha publicado un artículo que por su interés reproducimos a continuación:

http://elpais.com/elpais/2016/01/15/planeta_futuro/1452873372_402368.html

Patricia de Blas Gasca.- Las lonas que sirven de tejado se amontonan como casitas del Monopoly sobre un tablero de tierra, junto a una carretera bulliciosa. Justo enfrente, la gente entra y sale de unos grandes almacenes con fachada acristalada y dependientes uniformados, El Corte Inglés de los nepalíes. Y al lado, uno de los hoteles más lujosos del país, cinco estrellas reservadas a cargos políticos, grandes empresarios y turistas adinerados. Aunque la suite presidencial no tiene vistas a la montaña, sino a un paisaje de letrinas y tiendas de campaña destartaladas, donde cientos de personas hacen fila para conseguir un saco de arroz.

No son refugiados, no huyen de un país en guerra. Sus casas estaban muy cerca de aquí hasta que un terremoto se las llevó por delante hace ocho meses, y no tienen intención de emigrar ni los recursos para hacerlo. La ayuda internacional, aunque todavía es significativa, ha ido desapareciendo junto con la atención mediática. Así que mientras esperan el subsidio prometido por su Gobierno para reconstruir sus viviendas, sobreviven en esta burbuja en la que se ha convertido el campamento de desplazados de Chuchepati, en plena ciudad de Katmandú.

“No sabemos cuándo será el próximo reparto, así que tenemos que hacernos con uno de estos sacos”, explica Khem Raj Ghising. Cada familia puede llevarse unos cinco kilos de arroz; una parte lo cocinarán con bombonas de gas y el resto podrán intercambiarlo por otros alimentos en el mercado. Ghising lo compartirá con su madre y otras cinco personas que viven en la misma tienda, un hogar de cuatro metros cuadrados. Aunque es mediodía, dentro no hay suficiente luz para distinguir el puñado de pertenencias que han ido reuniendo desde el terremoto.

Cuando ocurrió la catástrofe, millones de nepalíes abandonaron sus casas en busca de la seguridad de espacios abiertos. La mayoría volvieron a sus viviendas en pocas semanas, tras el fin de las réplicas del segundo seísmo, pero quienes se encontraron sin un lugar al que regresar permanecieron en campamentos como este. Alrededor de un centenar continúan activos, alojando a más de 40.000 desplazados, según el último recuento de la Organización Internacional para las Migraciones (OIM). Pero el de Chuchepati es el más extenso con diferencia; allí todavía viven 3.375 personas en casi un millar de tiendas.

Tamang decidió que quería mantenerse ocupada ayudando a los demás y se unió al programa de formación de profesores

Lo que siempre sobra en Chuchepati

En un campo de desplazados hay escasez de muchas cosas. Faltan alimentos y agua potable, falta ropa de abrigo cuando la temperatura cae hasta los cinco grados, faltan medicamentos y sobre todo gas butano para cocinar, más ahora que el Gobierno indio ha restringido las exportaciones de suministros básicos a Nepal por una disputa política. Algunos necesitan una bicicleta para moverse por la ciudad, otros andan buscando unos zapatos, o una manta, un utensilio de cocina… Pero hay algo que casi siempre sobra, y Swekshya Tamang se dio cuenta desde el principio: “Mi madre se aburre mucho y está triste. El problema en el campo es que no sabemos qué hacer con tanto tiempo”.

Por eso, Tamang decidió que quería mantenerse ocupada ayudando a los demás y se unió al programa de formación de profesores How to teach que Hugging Nepal ha desarrollado en Chuchepati. Apenas es mayor de edad, pero se desenvuelve con la soltura de una profesora experimentada, repasando las preposiciones frente a la pizarra. Enseña inglés a otras mujeres que viven en el campamento y recibe un sueldo de la organización que le permite ser más independiente. “Encontrar un empleo en Nepal es muy difícil en estos momentos; me siento muy afortunada”, asegura.

María Vives y Álvaro Quintana son los responsables de HuggingNepal, una de las muchas y pequeñas ONG españolas que continúan trabajando junto a las víctimas del seísmo. Sus proyectos no se anuncian en televisión, ni cuentan con reclutadores de socios a pie de calle. Se quedaron en la esencia de lo que significa ser una organización solidaria: personas que ayudan a otras personas, en la medida de sus posibilidades. “La situación en Chuchepati es una lástima. Empieza a hacer mucho frío y la gente lo está pasando mal”, cuenta Quintana. “Pero por eso lo hacemos; de algún modo este lugar tiene una magia que nos motiva a seguir con ellos”.

En uno de los países más pobres del mundo, es difícil saber quién ha perdido su casa por una catástrofe natural y quién no la ha tenido nunca

Construyeron una escuela provisional en el campamento, donde los niños juegan cada tarde hasta olvidarse del lugar en el que viven. Muchos son tan pequeños que probablemente ni siquiera recuerdan que un día tuvieron una casa de verdad. El aro es uno de los juguetes preferidos, y viendo cómo algunos lo hacen girar alrededor de sus cinturas, es evidente que les sobra tiempo para practicar. También pueden jugar al cuatro en raya, dibujar o hacer puzles, pero además, para muchos ese colegio con paredes de lona y vigas de bambú es el único sitio en el que alguien les enseña a leer y escribir. Porque aunque la escolarización es obligatoria, no todos los padres pueden asumir el coste de los uniformes, los libros o el trasporte hasta los centros educativos.

La categorización de las víctimas

Tara Khadka, jubilado del distrito vecino de Dolakha, sostiene entre las manos una de sus pertenencias más valiosas: la tarjeta que le acredita como víctima del terremoto y residente del campo de Chuchepati, su carné de acceso a cualquier tipo de ayuda. En la foto aparece con la misma ropa que ahora lleva puesta, o que quizá ha llevado todos los días desde que perdió su casa; como una señal más de que el tiempo no avanza en esta burbuja.

No en todos los campamentos existen estas tarjetas, pero en Chuchepati llegaron a vivir más de 8.000 personas y era necesario organizarlas. El supervisor de Unicef en el campo, Dawa Sherpa, explica que mucha gente ha conseguido ese documento sin ser en realidad una víctima de los seísmos: “Aquí tenemos agua y refugio, ofrecemos un servicio médico y cada cierto tiempo repartimos alimentos. Hay muchas familias que jamás han tenido acceso a algo así, independientemente de los terremotos”.

En uno de los países más pobres del mundo, es difícil saber quién ha perdido su casa por una catástrofe natural y quién no la ha tenido nunca. Y ese es el argumento que emplea el Gobierno de Nepal para justificar el retraso en las ayudas prometidas. Cada familia cuya vivienda haya quedado destrozada tiene derecho a recibir 200.000 rupias (unos 1.700 euros), pero la Oficina Central de Estadísticas lleva meses evaluando los daños y todavía no tiene un veredicto. En el campo de Chuchepati, mientras tanto, ya nadie distingue a las víctimas regulares de las irregulares. Al fin y al cabo, el tiempo se hace eterno para quienes esperan un subsidio, pero más todavía para aquellos que requieren una solución mucho más compleja.

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