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La vida pasa sin prisa por Bastipur. Son las siete de la mañana de un lunes cualquiera y parece que el tiempo se resistiera a transcurrir por este pueblo del Terai nepalí. Los niños corretean por el campo sembrado y los mayores conversan a resguardo del sol, mientras una mujer transporta un quintal de hierba recordando que también en Nepal la rutina existe. De lejos, en alguna radio, resuena la aguda voz de una cantante india, cadencia que recuerda que ha amanecido en Bastipur. “Namaste” se repite en cada casa, en cada esquina, en cada recodo del pueblo.

 El mercado se despereza poco a poco hasta que la vida vuelva a bullir. Una mujer sacude una sábana y coloca minuciosamente las hortalizas en parejas de cuatro, de seis, de doce. Cuatro pimientos, seis goyas, doce ocras; las verduras de las que se vanaglorian los nepalíes cuando las convierten en dal bhat y tarkari, sus platos nacionales. Al lado el olor de las especias, expuestas en sacos, lo inunda todo. El curry rojizo y la anaranjada masala presiden el puesto. Definen el olor de un país y, por supuesto, el de su cocina. Las sastrerías también acaban de abrir. Las máquinas de coser esperan con avidez el nuevo encargo de un kurta, mientras las telas de colores se superponen.

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 Las horas se resisten pero acaban pasando. Los niños siguen corriendo, ahora en dirección al colegio. Sus uniformes grisáceos con camisas de un blanco inmaculado, se abren paso por el pueblo. El calor ya pesa, pero a una mujer que carga ladrillo parece no importarle. Trabaja en una de tantas casas que se están construyendo. El adobe da paso al hormigón, una garantía frente a los frecuentes terremotos. Ellas transportan agua, tierra, piedras, estacas de madera. Tienen la piel curtida por el sol. Los hombres, mientras, rematan la tarea mezclando materiales, colocando ladrillos, contrapeando piedras.

Aún más rural

A pocos metros el puente colgante que une Bastipur con los arrozales y las casas diseminadas de Hadikhola conecta dos mundos. Todo se vuelve un poco más rural cuando se cruza. Aquí el hormigón apenas tiene presencia y las casas siguen desafiando al tiempo con paredes de paja y adobe. La gente camina, no hay coches, ni siquiera motos, y el trasiego por los caminos se duplica conforme avanza la tarde. El sol se va replegando y los arrozales se llenan de mujeres y hombres que de cuclillas, retiran las malas hierbas. Los niños ya han salido del colegio y se amontonan en el río ayudando a sus madres a lavar la ropa y, de paso, darse un baño.

La vida pasa sin prisa

El tañido de la campana del templo celebra que el día ha terminado. Las luces iluminan la pagoda y el pueblo se detiene mientras reza cánticos a Shiva, Ganesha o a Visnú, que con sus formas imposibles cuelgan de las paredes del templo. Ama, a quien parece que no le pesan los años, da de comer a la vaca sagrada que muge complacida.

 La electricidad se ha ido y las familias han terminado de cenar sentadas sobre el piso y ayudados por la luz de una vela. Ahora todo es oscuridad y silencio. La vida, un día más, ha pasado sin prisa  por Bastipur.

 Autora y fotografía: Irina Moreno (voluntaria ONG Nepal Sonríe)

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