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En Nepal conviven más de una decena de comunidades étnicas. Entre ellas, los Newar, el pueblo indígena del Valle de Katmandú, una sociedad enigmática y reservada que posee una de las culturas más ricas y complejas del Himalaya.

Los Newar llevan en el Valle de Katmandú desde la Prehistoria, casi puede decirse que nacieron con él. Desde tiempos antiguos, su hogar (conocido como Nepal Mandala) fue un cruce de caminos de civilizaciones de Asia. Su ubicación en medio de las rutas caravaneras entre la India y el Tibet permitió, a  partir del siglo V,  un espectacular desarrollo urbano de esta sociedad en torno a tres grandes capitales: Katmandú, Patán y Bhaktapur.

Pueblo de hábiles comerciantes, pero también de dotados artesanos y sensibles artistas, los Newar han sido desde siempre una comunidad privilegiada, perteneciente a la élite cultural y política del país, mucho antes de que este se formara como Estado moderno.

Situado bajo la mirada imponente de la Cordillera del Himalaya, en poco más de 500 kilómetros cuadrados de tierras fértiles salpicadas de arrozales y campos de trigo, el valle de Katmandú alberga unos 2.500 templos y santuarios, así como numerosos antiguos palacios reales, construidos en su mayoría entre los siglos XII y XVIII.

A esta tierra mágica llegó en los años setenta el etnólogo Gérard Toffin, por aquel entonces joven empleado de la embajada francesa en Katmandú, que al entrar en contacto con esta cultura, quedó prendado de ella.

“En ese momento, todo el mundo se interesaba por comunidades más exóticas, como los sherpas, pero pronto me di cuenta de que tenía ante mí una civilización brillante que merecía toda mi atención”, explica en París Toffin, doctor especialista en Culturas del Himalaya en el Centro Nacional de Investigación Científica francés.

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De reinos y batallas

Hasta el siglo XVIII, los Newar reinaron en el Valle de Katmandú extendiendo su soberanía e influencia sobre los territorios vecinos.

La conquista del Valle en el año 1769 por la dinastía Gorkhali Shah fue seguida de una represión brutal,  sistemática y continuada de su pueblo durante generaciones con el fin de disuadirlos de cualquier aspiración política. Una situación que duraría hasta hace apenas unas décadas.

“Por este motivo, en la guerra civil que tuvo lugar en Nepal entre 1996 y 2006, los Newar participaron activamente en el derrocamiento del monarca, a quien no consideraban su rey, e incluso hubo líderes comunistas Newar”, señala Toffin.

El conflicto entre rebeldes maoístas y el rey Gyanendra, llegado al trono tras el oscuro asesinato del resto de la familia real, dio paso a un alzamiento masivo  al que se unieron todos los partidos políticos del Parlamento, y acabó con el paso de la monarquía constitucional a la república.

Hoy en día, los Newar han recuperado su influencia de antaño y están muy presentes en el Gobierno, la Administración y en las Fuerzas Armadas; una parte de la comunidad, muy nacionalista, aspira incluso a un Estado federal.

Siete maravillas arquitectónicas

El Newar es un pueblo con una larga tradición cultural, artística y arquitectónica, ligada de forma intrínseca a la religión.

Miles de centros de culto se diseminan por el Valle de Katmandú: estupas, shikharas (templos con tejados dispuestos en forma de cono) y chaityas (santuarios escavados en cuevas y laderas de montañas) se reparten a lo largo del camino, aunque las pagodas de múltiples tejados, que se han extendido también a la India, China, Indochina y Japón, son su marca distintiva.

“Desgraciadamente, su arquitectura tradicional está desapareciendo poco a poco abrumada por el avance de las construcciones modernas”, lamenta Toffin, que ha dedicado algunas de sus obras a la arquitectura característica de este pueblo.

La belleza e importancia histórica de su legado arquitectónico han hecho que siete de sus monumentos (las tres plazas Durbar situadas frente a los palacios reales de Katmandú, Patán y Bhaktapur, las estupas budistas de Swayambhu y Bauddhabath, y los templos hinduistas de Pashupati y Changu Narayan, junto al Valle en sí mismo) hayan sido declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

Budismo e hinduismo se entremezclan en la cultura Newar, en una rara y sublime forma de sincretismo religioso, “un ejemplo único en Asia”, según Gérad Toffin.

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Adorando a niños-dioses

 El etnólogo francés ha dedicado años a estudiar las prácticas religiosas de esta comunidad, que describía en su libro Los Tambores de Katmandú (2002): “con tambores de poderes divinos como música de fondo, este pueblo honora a niños-dioses, celebrando ritos domésticos de una complejidad poco habitual”.

De las tres grandes ciudades, Patán es de mayoría budista, Bhaktapur, mayoritariamente hinduista y Katmandú, una mezcla de ambas.

La particularidad consiste en que, aunque los Newar hindúes y budistas tienen sus propios sacerdotes y sus diferencias culturales a la hora de llevar a cabo los rituales, los dos grupos religiosos veneran indistintamente a los dioses hinduistas y a los budistas, y celebran conjuntamente los festivales de uno y otro culto.

“Los Newar celebran fiestas religiosas espectaculares, que recuerdan al catolicismo más meridional, a las procesiones de Andalucía o Nápoles. Es increíble ver los bailes de máscaras, las danzas, las niñas-diosas budistas adoradas por los hinduistas… todo de una belleza ciertamente barroca, pero arrobadora”, recuerda Toffin.

Asimismo, los Newar poseen una larga tradición oral y también escrita, cuyos textos más antiguos datan del siglo XII. En los templos budistas, los sacerdotes guardar celosamente unos textos sagrados basados en escritos en sánscrito, “una rareza que ya no se puede encontrar en ningún otro lugar del mundo, que en otros países donde se practica el budismo como la India se ha perdido”, explica el etnólogo.

“Su cultura, extremadamente rica, les hace sentir orgullosos de sí mismos, les reafirma en sus creencias”, asegura. “De hecho, los Newar que emigran a Europa o Estados Unidos, no son vistos con envidia o admiración por quienes no han salido del Valle, sino incluso con cierta condescendencia”.

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Desafíos a la tradición

Desde la apertura de Nepal al exterior, este pueblo, al igual que otras comunidades indígenas del país, se bate por no dejarse arrastrar por la ola globalizadora y mantener sus tradiciones locales.

Su intrincado sistema de castas (que cuenta con cerca de una treintena, cada una ligada a un oficio y a unos ritos propios), desde siempre sólidamente asentado, empieza a resquebrajarse: algunas castas inferiores se niegan a asumir sus responsabilidades tradicionales hacia las castas superiores, las imposiciones de los ancianos sobre los jóvenes ya no pesan tanto y cada vez hay más matrimonios inter-castas, algo impensable hace algunos años.

Los importantes cambios sociales y políticos que se han producido en Nepal en los últimos años, desde el paso de la monarquía a la república, hasta la llegada de las nuevas tecnologías e internet, plantean múltiples interrogantes a la sociedad Newar, sobre todo a los más jóvenes.

Pese a ello, no parece que su cultura esté seriamente amenazada: según Toffin, “la Newar es una sociedad replegada en sí misma, secretista y desconfiada” que gracias a ese carácter ha logrado mantener sus jerarquías y leyes inamovibles durante siglos.

En una dinámica algo paradójica, “aunque la modernidad se siente fuera, en las calles, dentro de los hogares se siguen manteniendo las costumbres ancestrales”, añade.

Es una sociedad donde la tradición sigue siendo muy fuerte, para bien o para mal los cambios se producen con lentitud, casi con pereza. “Es un mundo regido por otras reglas, es… otro mundo”, concluye este experto.

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